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Neurodivergencias en adultos: el cambio de paradigma clínico y cultural del TDAH y el Autismo




Durante décadas, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y el Trastorno del Espectro Autista (TEA) fueron comprendidos casi exclusivamente como diagnósticos infantiles, asociados principalmente a dificultades conductuales visibles en la escuela o a formas severas de discapacidad. Sin embargo, en las últimas décadas ha ocurrido un giro clínico, cultural y epistemológico sin precedentes: millones de adultos comenzaron a reconocerse dentro del campo de las neurodivergencias, transformando profundamente la manera en que comprendemos la subjetividad, la diferencia y la salud mental.

Lo que antes permanecía invisibilizado, malinterpretado o patologizado bajo otras categorías —ansiedad, depresión, trastornos de personalidad, “hipersensibilidad”, dificultades adaptativas o simplemente “ser diferente”— hoy comienza a ser leído desde nuevos marcos clínicos y sociales.

Actualmente se estima que alrededor del 5% de la población adulta vive con TDAH y cerca del 1% con TEA a nivel mundial. No obstante, diversos investigadores coinciden en que estas cifras probablemente continúan subrepresentadas, especialmente en mujeres y adultos con altos niveles de adaptación social.

Desde una perspectiva histórica y antropológica, este aumento de diagnósticos no puede interpretarse simplemente como una “epidemia” neuropsiquiátrica. Más bien, refleja un cambio profundo en los modos contemporáneos de nombrar el sufrimiento, interpretar la diferencia y construir categorías de normalidad.

Michel Foucault ya advertía que las categorías clínicas no son neutrales: toda sociedad produce formas específicas de clasificar, vigilar y administrar aquello que considera desviado o disfuncional. En este sentido, las neurodivergencias no emergen únicamente como entidades biomédicas, sino también como fenómenos atravesados por contextos culturales, exigencias productivas y normas sociales determinadas.

La expansión del paradigma de la neurodiversidad cuestiona precisamente la idea de que exista una única forma legítima de atención, comunicación, sensibilidad o procesamiento cognitivo. Autores como Judy Singer y Nick Walker plantean que condiciones como el TDAH y el Autismo no deben entenderse exclusivamente desde la lógica del déficit, sino también como variaciones neurocognitivas humanas que interactúan —muchas veces conflictivamente— con entornos sociales rígidos y altamente normativos.

Desde el psicoanálisis contemporáneo también emerge una lectura relevante: gran parte del sufrimiento en adultos neurodivergentes no proviene únicamente de la condición en sí, sino del esfuerzo constante de adaptación a ideales sociales de productividad, regulación emocional y normalidad vincular.

Muchos adultos llegan al diagnóstico tras años de masking o camuflaje social: un mecanismo de hiperadaptación donde el sujeto aprende a imitar códigos sociales neurotípicos para evitar exclusión, rechazo o fracaso. Este proceso suele producir agotamiento psíquico profundo, crisis identitarias y burnout crónico.

Así, el creciente interés clínico y social por las neurodivergencias no habla solamente de nuevas herramientas diagnósticas. Habla también de una época que comienza lentamente a cuestionar sus propios ideales de normalidad y a reconocer que muchas formas de sufrimiento emergen del choque entre la diversidad humana y culturas incapaces de alojarla.


El aumento de diagnósticos en adultos

Los datos internacionales muestran un crecimiento exponencial en la identificación tardía de estas condiciones.

Un estudio publicado en JAMA Network Open, que analizó registros médicos entre 2011 y 2022, reveló que los adultos entre 26 y 34 años presentaron el mayor incremento en diagnósticos de autismo, con un aumento cercano al 450%.

En paralelo, las estadísticas sobre TDAH adulto muestran que la prevalencia histórica de diagnósticos prácticamente se duplicó en las últimas décadas en países como Estados Unidos, pasando del 6,1% al 10,2%.

Uno de los cambios más significativos aparece en mujeres adultas. Históricamente subdiagnosticadas debido a que sus síntomas suelen expresarse de manera menos disruptiva y más internalizada, los diagnósticos femeninos crecieron más de un 300% en la última década.

Muchas mujeres fueron interpretadas durante años como:— ansiosas— hipersensibles— emocionalmente intensas— “desorganizadas”— depresivas— socialmente agotadas

sin que se reconocieran las bases neurodivergentes de sus experiencias.


¿Por qué hoy hablamos tanto de neurodivergencias?

El aumento del interés clínico y social no responde únicamente a una mejora diagnóstica. También refleja transformaciones culturales más amplias.

1. Nuevos criterios clínicos

Los manuales diagnósticos comenzaron a reconocer formas más complejas y diversas del TDAH y el TEA en adultos, especialmente en personas sin discapacidad intelectual asociada.

Esto permitió identificar perfiles que antes quedaban fuera de los criterios tradicionales, especialmente mujeres, personas con alta adaptación social o sujetos con masking crónico.

2. El agotamiento del masking

Uno de los conceptos centrales en neurodivergencias adultas es el masking o camuflaje social: el esfuerzo constante por aparentar normalidad adaptándose a códigos sociales neurotípicos.

Muchos adultos llegan a consulta tras años de:— hiperadaptación— sobreexigencia— fatiga social— sensación de extrañeza permanente— burnout emocional y cognitivo

El problema no es solamente “tener síntomas”, sino el desgaste psíquico producido por sostener una identidad constantemente regulada para encajar.

3. Comorbilidades y sufrimiento psíquico

Diversas investigaciones muestran que cerca del 70% de los adultos con TDAH presenta otra condición de salud mental asociada, principalmente ansiedad y depresión.

En muchos casos, las personas consultan inicialmente por:— ataques de ansiedad— agotamiento extremo— dificultades laborales— crisis vinculares— depresión recurrente— sensación de fracaso crónico

y solo posteriormente descubren una neurodivergencia subyacente.


Redes sociales y subjetividad contemporánea

Las redes sociales tuvieron un rol decisivo en el aumento de la visibilidad de las neurodivergencias en adultos. Plataformas como TikTok, Instagram, Reddit o YouTube comenzaron a funcionar no solo como espacios de divulgación, sino también como escenarios de identificación subjetiva y producción de sentido colectivo.

La viralización de testimonios neurodivergentes permitió que muchas personas adultas comenzaran a reinterpretar retrospectivamente su historia personal. Aquello que durante décadas había sido leído como “defectos de personalidad”, inmadurez, fracaso adaptativo o inestabilidad emocional empezó a adquirir nuevos marcos de inteligibilidad.

Sin embargo, este fenómeno también abrió debates intensos dentro de la psiquiatría y la psicología clínica. Diversos sectores cuestionaron el impacto de las redes sociales en la llamada “sobrediagnosticación”, argumentando que ciertos contenidos simplifican experiencias complejas o transforman rasgos humanos comunes en categorías clínicas.

No obstante, reducir el fenómeno únicamente a una “moda diagnóstica” implica desconocer un aspecto fundamental: las categorías de salud mental nunca existen aisladas de la cultura.

Desde la antropología médica y la sociología del diagnóstico, autores como Arthur Kleinman, Ian Hacking y Nikolas Rose han demostrado que los diagnósticos no son simples descripciones neutrales de la realidad biológica, sino construcciones históricas que organizan la experiencia subjetiva, delimitan formas de sufrimiento legítimo y producen nuevas identidades sociales.

Ian Hacking denominó a este proceso “efecto bucle” (“looping effect”): cuando una categoría diagnóstica emerge socialmente, las personas comienzan a reconocerse dentro de ella, reinterpretando su experiencia a partir de nuevos lenguajes disponibles. A su vez, esa apropiación subjetiva transforma la propia categoría clínica.

En otras palabras: las personas no solo reciben diagnósticos; también construyen nuevas maneras de narrarse a sí mismas a partir de ellos.

Las redes sociales aceleraron radicalmente este proceso porque democratizaron la circulación de relatos subjetivos que antes permanecían confinados al ámbito clínico o académico. El sujeto contemporáneo ya no depende exclusivamente de la autoridad médica para acceder a categorías de comprensión sobre su sufrimiento. Hoy puede encontrar comunidades enteras que comparten experiencias similares, generando reconocimiento, validación e identificación colectiva.

Desde una perspectiva foucaultiana, este fenómeno también puede leerse como una transformación en las tecnologías contemporáneas de subjetivación. Michel Foucault planteaba que las sociedades producen modos específicos de comprenderse a sí mismas mediante discursos expertos sobre la normalidad, el cuerpo y la conducta. En la actualidad, las redes sociales participan activamente en esa producción de subjetividad, moldeando la manera en que las personas interpretan sus emociones, vínculos y diferencias cognitivas.

Esto genera una tensión compleja.

Por un lado, las plataformas digitales permitieron visibilizar experiencias históricamente invisibilizadas, especialmente en mujeres, adultos y sujetos altamente funcionales que quedaron fuera de los modelos diagnósticos tradicionales.

Pero al mismo tiempo, los algoritmos tienden a simplificar, estetizar y acelerar contenidos psicológicos complejos, transformando experiencias clínicas profundas en formatos breves, consumibles y emocionalmente identificables.

La subjetividad contemporánea comienza entonces a construirse en un espacio híbrido entre:— experiencia personal: lenguaje clínico, cultura digital, algoritmos, comunidades online, economía de la atención.

Desde el psicoanálisis, esto abre nuevas preguntas sobre la constitución del sujeto en la era digital. El diagnóstico ya no aparece únicamente como nominación médica, sino también como organizador identitario y forma de pertenencia simbólica.

Muchos adultos neurodivergentes describen el diagnóstico tardío como una experiencia de alivio y validación. Pero también puede transformarse en una narrativa totalizante donde toda experiencia queda reinterpretada exclusivamente desde la lógica diagnóstica.

Por eso, el desafío contemporáneo no consiste únicamente en ampliar diagnósticos o aumentar visibilidad, sino en sostener lecturas complejas que permitan comprender la neurodivergencia sin reducir al sujeto únicamente a una etiqueta clínica.

Las redes sociales no crearon las neurodivergencias.Lo que hicieron fue volver visibles experiencias humanas que durante décadas habían permanecido sin lenguaje, sin reconocimiento y muchas veces sin escucha.


Neurodivergencia y salud mental: una mirada crítica

El paradigma de la neurodiversidad propone una transformación profunda en la manera de comprender condiciones como el TDAH y el Autismo. Más que reducirlas exclusivamente a trastornos o déficits individuales, este enfoque las entiende como formas distintas de organización neurocognitiva que interactúan con contextos culturales, sociales y simbólicos determinados.

Esta perspectiva desplaza la pregunta clásica de la psiquiatría —“¿qué falla en el sujeto?”— hacia otra interrogante más compleja: ¿qué tipo de sociedad define ciertas maneras de pensar, sentir, percibir o relacionarse como legítimas y cuáles quedan fuera de la norma?

Desde la antropología contemporánea, la normalidad no se considera una categoría natural ni universal, sino una construcción histórica y cultural. Autores como Georges Canguilhem mostraron que lo “normal” y lo “patológico” dependen de sistemas de valores producidos socialmente. Una conducta no adquiere sentido por sí sola; adquiere significado dentro de un contexto cultural que decide qué formas de funcionamiento son útiles, productivas o aceptables.

En las sociedades contemporáneas, organizadas en torno a la velocidad, la multitarea y el rendimiento permanente, ciertas capacidades son especialmente valoradas: atención sostenida, rapidez adaptativa, regulación emocional constante, tolerancia a la sobreestimulación, productividad continua, flexibilidad social.

Dentro de ese marco, muchas experiencias neurodivergentes entran en conflicto con las exigencias del entorno. La dificultad no aparece únicamente en el sujeto, sino también en sistemas sociales diseñados para un modelo muy específico de funcionamiento mental.

La antropóloga médica Margaret Lock plantea que los diagnósticos no son entidades puramente biológicas, sino fenómenos “bioculturales”, es decir, experiencias donde cuerpo, cultura e historia se encuentran profundamente entrelazados. Desde esta mirada, el sufrimiento asociado a las neurodivergencias no puede separarse completamente de las condiciones sociales en las que las personas viven.

Por ejemplo, un entorno escolar basado en hiperestimulación, vigilancia constante y rigidez conductual puede transformar ciertas diferencias atencionales o sensoriales en experiencias intensamente dolorosas. Lo mismo ocurre en culturas laborales atravesadas por la productividad extrema y la disponibilidad permanente.

Desde la sociología crítica, autores como Erving Goffman analizaron cómo ciertas diferencias corporales, cognitivas o emocionales son convertidas en estigmas sociales. Muchas personas neurodivergentes crecen aprendiendo que su manera espontánea de habitar el mundo resulta “excesiva”, “extraña”, “desordenada” o “inadecuada”, generando procesos de autocontrol permanente y vigilancia subjetiva.

En este punto, el diagnóstico tardío suele producir una reorganización profunda de la identidad.

No se trata únicamente de recibir una explicación clínica, sino de reinterpretar experiencias biográficas enteras bajo un nuevo marco de sentido. Situaciones que antes eran vividas como defectos morales o fracasos personales comienzan a comprenderse desde otra lógica: agotamiento social, hipersensibilidad, dificultad para sostener ciertos ritmos, necesidad de aislamiento, desregulación emocional, dificultad ejecutiva. Adquieren una inteligibilidad distinta.

Desde el psicoanálisis, esto puede pensarse como un proceso de resignificación subjetiva. El sujeto deja de organizar su historia únicamente desde la culpa o la insuficiencia y comienza a construir nuevas narrativas sobre sí mismo.

Sin embargo, el paradigma de la neurodiversidad también introduce tensiones importantes.

Existe el riesgo de convertir el diagnóstico en una identidad cerrada o totalizante, donde toda experiencia subjetiva queda explicada exclusivamente por categorías neurocognitivas. Por eso, diversos autores insisten en que reconocer la neurodivergencia no implica reducir al sujeto a una etiqueta diagnóstica.

Cada persona establece relaciones singulares con su cuerpo, sus síntomas, su historia y su entorno cultural.

La relevancia contemporánea del paradigma neurodivergente radica precisamente en abrir un espacio para pensar la diferencia humana más allá de la lógica binaria entre normalidad y patología.

Más que preguntar cómo corregir determinadas formas de funcionamiento, este enfoque obliga a revisar críticamente las estructuras sociales, educativas y laborales que producen sufrimiento cuando exigen adaptación constante a modelos únicos de existencia.

En ese sentido, el debate sobre neurodivergencias no habla únicamente de salud mental. Habla también de los límites culturales de nuestras sociedades para alojar la diversidad humana sin convertirla inmediatamente en déficit.


Hacia una comprensión más humana de la diferencia

El creciente interés por las neurodivergencias en adultos no puede comprenderse únicamente como una expansión diagnóstica dentro de la salud mental. Lo que está en juego es también una transformación cultural más amplia en torno a cómo entendemos la diferencia, la productividad, la identidad y el sufrimiento psíquico en las sociedades contemporáneas.

Durante mucho tiempo, las formas de funcionamiento que escapaban a ciertos ideales de atención, regulación emocional o adaptación social fueron interpretadas desde categorías morales antes que clínicas: pereza, inmadurez, exageración emocional, falta de voluntad, torpeza social o incapacidad de organizar la vida. En muchos casos, el sufrimiento de las personas neurodivergentes no provenía solamente de sus dificultades concretas, sino de años de incomprensión, sobreexigencia y sensación persistente de no encajar en modelos considerados normales.

La emergencia del paradigma de la neurodiversidad introduce un desplazamiento importante porque cuestiona la idea de que exista una única forma válida de habitar el mundo. Esto no implica negar las dificultades reales asociadas al TDAH o al Autismo, sino reconocer que muchas experiencias de malestar aparecen intensificadas por estructuras sociales diseñadas bajo ideales homogéneos de rendimiento, comunicación y comportamiento.

Desde la antropología, esto obliga a revisar críticamente cómo las sociedades producen categorías de normalidad y cómo ciertos cuerpos, sensibilidades o formas cognitivas quedan históricamente marginadas cuando no responden a las expectativas dominantes. La diferencia deja entonces de pensarse únicamente como anomalía individual y comienza a comprenderse también como una tensión entre diversidad humana y contextos culturales restrictivos.

Al mismo tiempo, la expansión de discursos sobre neurodivergencia en redes sociales, espacios clínicos y comunidades digitales muestra una necesidad contemporánea profunda: encontrar lenguaje para experiencias subjetivas que durante décadas permanecieron sin representación simbólica. Muchas personas adultas describen el diagnóstico tardío no solo como una respuesta médica, sino como una experiencia de reconocimiento existencial que reorganiza retrospectivamente la propia historia.

Sin embargo, este fenómeno también plantea desafíos importantes. En una cultura donde las identidades circulan rápidamente mediante categorías psicológicas y diagnósticas, existe el riesgo de simplificar la complejidad subjetiva o reducir la experiencia humana exclusivamente a etiquetas clínicas. Ningún diagnóstico puede explicar por completo la singularidad de una vida, una historia o un deseo.

Por eso, el verdadero aporte del paradigma neurodivergente quizás no radique solamente en ampliar clasificaciones diagnósticas, sino en abrir preguntas más profundas sobre los límites de nuestras formas actuales de convivencia social.

¿Qué tipo de sujetos produce una cultura basada en la hiperproductividad y la adaptación permanente?¿Qué experiencias quedan excluidas cuando solo ciertas maneras de pensar, sentir o relacionarse son consideradas válidas?¿Hasta qué punto el sufrimiento psíquico contemporáneo habla también de entornos incapaces de alojar la diferencia sin transformarla inmediatamente en déficit?

Pensar las neurodivergencias hoy implica mucho más que hablar de diagnósticos. Implica interrogar críticamente los modelos culturales de normalidad sobre los cuales organizamos la educación, el trabajo, los vínculos y la vida social.

Tal vez una de las preguntas más importantes que este debate deja abierta sea si nuestras sociedades están realmente preparadas para convivir con la diversidad humana sin exigir que toda diferencia sea corregida, normalizada o agotadoramente adaptada para poder pertenecer.


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