¿Qué nos está enfermando? Psicología transdiagnóstica, sufrimiento social y salud mental en el mundo contemporáneo
- Pamela Hurtado

- hace 3 días
- 18 min de lectura

Pamela Hurtado
Psicoantropóloga
Resumen
Durante las últimas décadas, la salud mental ha sido comprendida principalmente a través de modelos diagnósticos centrados en el individuo, privilegiando la identificación de trastornos específicos como vía principal para explicar y tratar el sufrimiento psicológico. Sin desconocer los aportes de esta tradición clínica, en los últimos años ha emergido con fuerza el enfoque transdiagnóstico, una perspectiva que propone comprender los procesos psicológicos comunes que atraviesan diversas formas de malestar humano y que invita a considerar de manera más explícita los contextos sociales, culturales, económicos y relacionales donde dicho sufrimiento se produce.
El presente ensayo desarrolla una reflexión teórica sobre el potencial de la psicología transdiagnóstica para ampliar la comprensión contemporánea de la salud mental. Se argumenta que este enfoque constituye una oportunidad para superar parcialmente las limitaciones de los modelos centrados exclusivamente en categorías diagnósticas, favoreciendo una lectura más compleja y contextualizada del sufrimiento humano. Asimismo, se analiza la relevancia de esta perspectiva en el marco de la atención primaria de salud y particularmente en el contexto chileno, donde los elevados indicadores de ansiedad, depresión y estrés evidencian la necesidad de incorporar enfoques que articulen la dimensión clínica con los determinantes sociales de la salud.
Más allá de una innovación técnica, la perspectiva transdiagnóstica permite recuperar preguntas fundamentales acerca de las condiciones de vida contemporáneas, cuestionando la tendencia a individualizar problemas que muchas veces poseen raíces colectivas. En este sentido, se propone que la salud mental debe comprenderse como un fenómeno situado, relacional y profundamente influido por las estructuras sociales que organizan la experiencia cotidiana.
Palabras clave: psicología transdiagnóstica, salud mental, determinantes sociales, atención primaria, sufrimiento psicológico, salud comunitaria.
Introducción
Durante las últimas décadas, la salud mental ha sido abordada principalmente desde una lógica diagnóstica centrada en el individuo. Frente al sufrimiento psicológico, la pregunta dominante ha sido identificar qué trastorno presenta una persona, clasificando síntomas en categorías específicas con el objetivo de intervenir sobre ellas. Aunque este enfoque ha permitido importantes avances clínicos, también ha contribuido a una comprensión fragmentada del malestar humano, donde con frecuencia las experiencias subjetivas quedan separadas de los contextos sociales, culturales y económicos en los que emergen.
En la actualidad, la psicología transdiagnóstica propone una transformación significativa de esta mirada. Más que enfocarse exclusivamente en etiquetas diagnósticas, busca comprender los procesos psicológicos compartidos que atraviesan distintas formas de sufrimiento, tales como el estrés crónico, la incertidumbre, la evitación emocional, la hiperexigencia o las dificultades en la regulación afectiva. Este cambio de paradigma permite desplazar la atención desde la pregunta "¿qué trastorno tiene esta persona?" hacia una interrogante más amplia y compleja: "¿qué está ocurriendo en la vida de esta persona y en el contexto que habita?".
La creciente incorporación de profesionales de la psicología en los equipos de atención primaria refleja esta transformación. La salud mental comienza a comprenderse cada vez más como un fenómeno relacional y comunitario, donde el bienestar psicológico no depende únicamente de variables individuales, sino también de las condiciones de vida, las redes de apoyo, los vínculos, el trabajo, la seguridad material y las formas de organización social.
Desde esta perspectiva, resulta necesario cuestionar ciertas narrativas contemporáneas que han tendido a psicologizar problemas estructurales. En sociedades atravesadas por la productividad permanente, la competencia y la autoexigencia, el sufrimiento suele interpretarse como una incapacidad individual para adaptarse, invisibilizando los mecanismos sociales que contribuyen a producir agotamiento, ansiedad y malestar. De este modo, el diagnóstico corre el riesgo de transformarse no solo en una herramienta clínica, sino también en un dispositivo que individualiza problemas que muchas veces poseen raíces colectivas.
La psicología transdiagnóstica abre la posibilidad de una lectura más amplia y esperanzadora. No porque niegue la existencia de los trastornos mentales, sino porque permite comprender que gran parte del sufrimiento humano surge en la intersección entre la biología, la historia personal, los vínculos y las condiciones sociales. Esta mirada invita a pensar la salud mental no únicamente como la ausencia de síntomas, sino como la capacidad de construir vidas habitables en contextos que favorezcan el bienestar, la dignidad y el cuidado colectivo.
Antecedentes y desarrollo de la comprensión contemporánea de la salud mental
La comprensión de la salud mental ha experimentado profundas transformaciones durante las últimas décadas. Tradicionalmente, los modelos clínicos predominantes se orientaron hacia la identificación y clasificación de trastornos específicos, desarrollando sistemas diagnósticos cada vez más sofisticados para describir y categorizar los distintos tipos de sufrimiento psicológico. Este enfoque permitió importantes avances en la investigación, la comunicación entre profesionales y el desarrollo de tratamientos especializados.
Sin embargo, diversos estudios comenzaron a evidenciar limitaciones en los modelos centrados exclusivamente en categorías diagnósticas. Entre ellas destacan la alta coexistencia de múltiples diagnósticos en una misma persona, la dificultad para establecer límites claros entre distintos trastornos y la observación de que muchos problemas psicológicos comparten mecanismos subyacentes similares. Estas observaciones impulsaron el desarrollo de nuevas perspectivas orientadas a comprender procesos psicológicos comunes que atraviesan diferentes manifestaciones del malestar humano.
Paralelamente, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud han promovido una comprensión más amplia de la salud mental, reconociéndola como un fenómeno estrechamente vinculado a las condiciones sociales, económicas y culturales de las personas. Desde esta perspectiva, factores como la pobreza, la desigualdad, la inseguridad laboral, la discriminación, el aislamiento social y la precarización de las condiciones de vida han sido identificados como determinantes relevantes en la producción de sufrimiento psicológico.
En este contexto, comenzó a fortalecerse una visión que entiende el bienestar psíquico como el resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, relacionales y sociales. Las investigaciones contemporáneas han mostrado que experiencias como el estrés crónico, la incertidumbre prolongada, la sobrecarga laboral y la ausencia de redes de apoyo generan efectos significativos sobre la salud física y mental, influyendo en procesos emocionales, cognitivos y fisiológicos.
De manera complementaria, distintas corrientes provenientes de la psicología comunitaria, la salud colectiva, la sociología de la salud y las ciencias sociales han cuestionado la tendencia a individualizar problemas que poseen dimensiones estructurales. Diversos autores han planteado que el aumento de síntomas asociados a ansiedad, agotamiento y depresión no puede comprenderse únicamente a partir de características personales, sino que requiere considerar las transformaciones sociales ocurridas en las últimas décadas, particularmente aquellas vinculadas a la intensificación de las exigencias de rendimiento, productividad y responsabilidad individual.
Estas discusiones han adquirido especial relevancia en el marco de las reformas impulsadas en los sistemas de atención primaria de salud. La incorporación progresiva de profesionales de la psicología en equipos interdisciplinarios responde a la necesidad de abordar el sufrimiento humano desde una perspectiva integral, capaz de considerar simultáneamente las condiciones biológicas, las experiencias subjetivas y los contextos comunitarios donde las personas desarrollan sus vidas.
En consecuencia, las investigaciones más recientes tienden a favorecer modelos comprensivos que integran distintas dimensiones de la experiencia humana. Esta orientación busca superar las explicaciones reduccionistas y avanzar hacia formas de atención más contextualizadas, donde el malestar psicológico sea entendido no solo como una expresión individual, sino también como una respuesta situada frente a las condiciones materiales, relacionales y culturales que configuran la existencia cotidiana.
El enfoque transdiagnóstico y la superación de las categorías diagnósticas tradicionales
El enfoque transdiagnóstico surge como respuesta a diversas limitaciones observadas en los sistemas diagnósticos categoriales utilizados históricamente en salud mental. Investigadores como Barlow, Allen y Choate (2004) comenzaron a observar que distintos trastornos psicológicos comparten mecanismos comunes relacionados con la regulación emocional, los estilos cognitivos, la evitación experiencial y las respuestas al estrés.
Desde esta perspectiva, los síntomas dejan de ser entendidos exclusivamente como expresiones de trastornos diferenciados y comienzan a ser considerados manifestaciones particulares de procesos psicológicos compartidos. Esta propuesta ha recibido creciente respaldo empírico debido a que permite explicar fenómenos frecuentemente observados en la práctica clínica, como la comorbilidad, la superposición sintomática y la dificultad para establecer límites precisos entre distintos diagnósticos.
Autores como Harvey et al. (2004) y Mansell et al. (2009) sostienen que numerosos trastornos comparten mecanismos cognitivos y emocionales similares, justificando el desarrollo de intervenciones dirigidas a procesos transversales más que a categorías diagnósticas específicas.
Determinantes sociales de la salud mental
La comprensión contemporánea de la salud mental ha incorporado progresivamente la influencia de los determinantes sociales. Las condiciones laborales, el acceso a la vivienda, la estabilidad económica, la educación, las experiencias de discriminación y la calidad de los vínculos sociales influyen significativamente sobre el bienestar psicológico.
Esta perspectiva cuestiona los modelos exclusivamente biomédicos al reconocer que las condiciones sociales no constituyen solamente un escenario donde aparecen los síntomas, sino factores que participan activamente en su producción.
Atención primaria y salud mental comunitaria
La atención primaria representa un espacio privilegiado para el desarrollo de modelos integrales de salud mental debido a su cercanía con las comunidades y su capacidad para intervenir simultáneamente sobre factores individuales, familiares y territoriales.
La integración de perspectivas transdiagnósticas en estos dispositivos favorece intervenciones más contextualizadas y ajustadas a las realidades concretas de las personas.
Planteamiento del problema y fundamentación
Las transformaciones recientes en el campo de la salud mental han impulsado el desarrollo de enfoques que buscan comprender el sufrimiento humano más allá de las categorías diagnósticas tradicionales. En este contexto, el enfoque transdiagnóstico ha emergido como una alternativa que propone centrar la atención en los procesos psicológicos comunes que atraviesan diversas formas de malestar, incorporando además una mirada más amplia sobre los factores sociales, culturales y relacionales que influyen en la experiencia de las personas.
Durante gran parte del siglo XX y comienzos del siglo XXI, los modelos predominantes de atención en salud mental se estructuraron a partir de sistemas diagnósticos categoriales que permitieron organizar el conocimiento clínico y orientar el desarrollo de tratamientos especializados. Sin embargo, a medida que la investigación avanzó, comenzaron a evidenciarse limitaciones importantes en dichos modelos. Entre ellas destacan la frecuente coexistencia de múltiples diagnósticos en una misma persona, la superposición de síntomas entre distintos trastornos y la dificultad para establecer límites precisos entre categorías que, en la práctica clínica, suelen presentarse de manera interrelacionada.
Al mismo tiempo, las transformaciones sociales ocurridas durante las últimas décadas han modificado significativamente las condiciones de vida de amplios sectores de la población. La creciente precarización laboral, la incertidumbre económica, la intensificación de las exigencias de productividad, el debilitamiento de las redes comunitarias tradicionales y la aceleración permanente de los ritmos cotidianos han configurado escenarios donde el sufrimiento psicológico adquiere nuevas características y desafíos. En este contexto, los problemas de salud mental ya no pueden ser comprendidos exclusivamente a partir de variables individuales, sino que requieren una aproximación capaz de considerar la compleja interacción entre subjetividad y estructura social.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante en sociedades contemporáneas caracterizadas por altos niveles de exigencia, productividad y responsabilización individual, donde muchas experiencias de sufrimiento suelen interpretarse como problemas personales, invisibilizando las condiciones estructurales que participan en su producción. Frente a este escenario surge una interrogante fundamental: ¿de qué manera la incorporación de modelos transdiagnósticos en la atención primaria puede contribuir a una comprensión más contextualizada del malestar psicológico y superar las explicaciones centradas exclusivamente en el individuo?
La relevancia de esta pregunta se vuelve evidente al observar que un número creciente de personas consulta por síntomas asociados al estrés, la ansiedad, el agotamiento emocional, la sensación de sobrecarga o la incertidumbre permanente. En muchos casos, estas experiencias son rápidamente traducidas en diagnósticos individuales sin que necesariamente se examinen las condiciones sociales que las producen o intensifican. Como consecuencia, el riesgo consiste en transformar problemas que poseen dimensiones colectivas en dificultades exclusivamente personales, desplazando la atención desde las condiciones de vida hacia las características del individuo.
Desde una perspectiva crítica, diversos autores han señalado que las sociedades contemporáneas tienden a psicologizar problemas estructurales. Fenómenos asociados a la desigualdad, la inseguridad laboral, la fragilidad de los vínculos sociales o la falta de acceso a recursos básicos pueden terminar siendo interpretados únicamente como manifestaciones clínicas individuales. Esta lógica contribuye a reforzar narrativas donde las personas aparecen como únicas responsables de su bienestar o malestar, invisibilizando las condiciones materiales y simbólicas que influyen profundamente en la experiencia subjetiva.
La presente reflexión se desarrolla a partir de la idea de que el sufrimiento humano no puede comprenderse únicamente desde los síntomas o diagnósticos aislados, sino que requiere considerar los contextos sociales, económicos, culturales y vinculares en los que las personas desarrollan sus vidas. Desde esta perspectiva, el malestar psicológico aparece como un fenómeno complejo que se configura en la interacción entre experiencias subjetivas y condiciones estructurales que muchas veces permanecen invisibilizadas en los modelos tradicionales de atención.
En este sentido, se plantea que la incorporación de enfoques transdiagnósticos en atención primaria favorece una comprensión más integral de la salud mental al centrar la atención en procesos psicológicos compartidos, como el estrés crónico, la incertidumbre, la hiperexigencia, la evitación emocional o las dificultades en la regulación afectiva, sin perder de vista los contextos donde estos procesos emergen. Esta mirada permitiría disminuir la tendencia a individualizar problemáticas que poseen importantes determinantes sociales y culturales, promoviendo una comprensión más compleja y contextualizada del sufrimiento humano.
La atención primaria constituye un escenario particularmente relevante para el desarrollo de esta perspectiva debido a su cercanía con las comunidades y a su capacidad para abordar simultáneamente factores individuales, familiares y territoriales. A diferencia de los dispositivos altamente especializados, los equipos de atención primaria tienen la posibilidad de observar cómo las experiencias de malestar se relacionan con condiciones concretas de vida, dinámicas familiares, redes de apoyo, trayectorias laborales y características propias de los contextos comunitarios donde las personas habitan.
Por otra parte, la incorporación de modelos transdiagnósticos en estos espacios podría contribuir a optimizar los recursos disponibles en salud mental, permitiendo desarrollar intervenciones centradas en procesos psicológicos comunes presentes en diversos cuadros clínicos. Esto resulta particularmente relevante en sistemas de salud que enfrentan una alta demanda asistencial y donde las necesidades de atención superan frecuentemente la disponibilidad de recursos especializados.
No obstante, el interés por los enfoques transdiagnósticos trasciende los aspectos técnicos o metodológicos. Su importancia radica también en la posibilidad de recuperar una mirada más amplia sobre la condición humana, reconociendo que el sufrimiento psicológico emerge en la intersección entre biología, historia personal, vínculos sociales, cultura y condiciones materiales de existencia. Desde esta perspectiva, comprender el malestar implica necesariamente preguntarse por los contextos que lo producen, sostienen o intensifican.
De este modo, se sostiene que los modelos transdiagnósticos constituyen una oportunidad para ampliar las formas de comprensión e intervención en salud mental, favoreciendo prácticas más integrales, contextualizadas y sensibles a las realidades concretas de las personas. Más que buscar únicamente la corrección de síntomas individuales, esta perspectiva invita a reconocer la influencia que tienen las condiciones de vida, los vínculos y las estructuras sociales en la producción del bienestar o del malestar psicológico, fortaleciendo una mirada que articula la dimensión clínica con la dimensión comunitaria y social de la experiencia humana.
En consecuencia, el problema que orienta esta reflexión no se limita a evaluar la eficacia de un modelo clínico específico, sino que apunta a explorar las posibilidades que ofrece la psicología transdiagnóstica para contribuir a una comprensión más compleja del sufrimiento humano. En una época marcada por profundas transformaciones sociales, económicas y culturales, resulta necesario desarrollar marcos interpretativos capaces de reconocer simultáneamente la singularidad de las experiencias individuales y las condiciones colectivas que participan en su configuración. Desde esta perspectiva, la psicología transdiagnóstica aparece como una herramienta conceptual y práctica que permite recuperar la complejidad del malestar humano y situarlo nuevamente dentro de los contextos donde adquiere sentido.
Contexto nacional: salud mental y atención primaria en Chile
La salud mental se ha consolidado como uno de los principales desafíos sanitarios en Chile durante las últimas décadas. Diversos estudios nacionales muestran que el malestar psicológico constituye una problemática de alta prevalencia, especialmente en contextos marcados por la incertidumbre económica, la desigualdad social, la precarización laboral y las transformaciones culturales que han modificado las formas de vinculación y participación comunitaria.
Según los resultados del Termómetro de la Salud Mental ACHS-UC, los síntomas asociados a ansiedad, depresión, estrés e insomnio continúan afectando a una proporción significativa de la población chilena. Estas cifras evidencian que el sufrimiento psicológico constituye una realidad ampliamente extendida y no un fenómeno limitado a grupos específicos o a personas que presentan trastornos mentales severos.
La pandemia por COVID-19 contribuyó a visibilizar muchas de estas problemáticas, pero diversos indicadores sugieren que una parte importante del malestar observado ya se encontraba presente antes de la emergencia sanitaria. Las consecuencias económicas, los cambios en las dinámicas laborales, la incertidumbre social y el debilitamiento de ciertas formas tradicionales de apoyo comunitario han configurado escenarios donde la experiencia de vulnerabilidad emocional se ha vuelto cada vez más frecuente.
Las desigualdades sociales también desempeñan un papel relevante en la distribución del sufrimiento psicológico. Las personas que viven en contextos de pobreza, empleo precario, endeudamiento, inseguridad habitacional o acceso limitado a servicios básicos presentan mayores niveles de estrés y una mayor exposición a factores de riesgo para la salud mental. Del mismo modo, las diferencias territoriales influyen significativamente en las oportunidades de acceso a servicios especializados y en la disponibilidad de recursos comunitarios para afrontar situaciones de crisis.
Desde una perspectiva territorial, las manifestaciones del malestar adquieren características particulares según las condiciones sociales y culturales de cada comunidad. Factores como la ruralidad, la conectividad, la disponibilidad de servicios públicos, las redes vecinales y la cohesión social influyen en la forma en que las personas experimentan y enfrentan las dificultades emocionales. Esta realidad pone de manifiesto la necesidad de desarrollar modelos de atención sensibles a las características específicas de los contextos donde viven las personas.
Frente a este escenario, la Atención Primaria de Salud ha sido reconocida por el Ministerio de Salud como el principal espacio para la promoción, prevención, detección temprana e intervención en salud mental. Esta orientación se encuentra reflejada en el Plan Nacional de Salud Mental 2017–2025, que plantea la necesidad de fortalecer una red integrada de atención capaz de articular dimensiones clínicas, familiares, comunitarias y territoriales.
La incorporación progresiva de psicólogos y otros profesionales de salud mental en centros de salud familiar, consultorios y dispositivos comunitarios ha favorecido el desarrollo de estrategias más cercanas a las realidades cotidianas de la población. Este proceso ha permitido ampliar la comprensión de los problemas de salud mental, incorporando elementos vinculados a las trayectorias vitales, las condiciones de vida, los vínculos familiares y las dinámicas comunitarias.
En este contexto, los enfoques transdiagnósticos adquieren una relevancia particular. La elevada prevalencia de síntomas ansiosos y depresivos, junto con las limitaciones de acceso a atención especializada y la complejidad de las problemáticas contemporáneas, hacen necesario desarrollar modelos capaces de comprender el sufrimiento psicológico desde una perspectiva más amplia que la mera clasificación diagnóstica.
La realidad chilena ofrece, por tanto, un escenario especialmente propicio para reflexionar sobre nuevas formas de comprensión e intervención en salud mental. La articulación entre atención primaria, salud comunitaria y enfoques transdiagnósticos representa una oportunidad para avanzar hacia prácticas más contextualizadas, integrales y sensibles a las condiciones sociales que influyen en la experiencia humana del sufrimiento.
¿Qué nos está enfermando? Psicología transdiagnóstica, sufrimiento social y salud mental en el mundo contemporáneo
Durante décadas, gran parte de la salud mental se organizó en torno a diagnósticos individuales. Ansiedad, depresión, trastorno de pánico, trastorno adaptativo, entre muchos otros nombres, fueron utilizados para clasificar experiencias humanas complejas y ofrecer tratamientos específicos. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a emerger una perspectiva distinta: la psicología transdiagnóstica.
Este enfoque propone algo aparentemente simple, pero profundamente transformador. En lugar de concentrarse exclusivamente en las etiquetas diagnósticas, busca comprender los procesos psicológicos comunes que atraviesan distintos sufrimientos humanos. El estrés crónico, la dificultad para regular emociones, la incertidumbre, la hiperexigencia o la sensación de amenaza permanente pueden encontrarse detrás de múltiples cuadros clínicos diferentes.
La relevancia de esta mirada no es solamente técnica. También posee una dimensión ética, política y cultural.
Durante mucho tiempo hemos vivido bajo una lógica que tiende a individualizar el malestar. Cuando una persona no logra responder a las exigencias del sistema, la pregunta suele dirigirse hacia ella: ¿qué problema tiene?, ¿qué trastorno padece?, ¿qué le falta para funcionar mejor?
La psicología transdiagnóstica permite desplazar parcialmente esa pregunta y formular otra:
¿Qué condiciones sociales, laborales, económicas y vinculares están produciendo este sufrimiento?
Este cambio de foco resulta especialmente importante en una época caracterizada por la aceleración permanente, la hiperproductividad y la exigencia constante de rendimiento. Muchas personas llegan a consulta agotadas, ansiosas o deprimidas sin que necesariamente exista una patología individual que explique completamente su experiencia.
En numerosos casos, el malestar aparece como una respuesta comprensible a contextos de precarización, sobrecarga laboral, aislamiento social, inseguridad económica o falta de redes de apoyo.
Desde esta perspectiva, la salud mental deja de ser un problema exclusivamente privado para convertirse también en una cuestión colectiva.
La incorporación de psicólogos en equipos de atención primaria representa una oportunidad histórica para avanzar en esta dirección. Cuando la salud mental se integra a los espacios comunitarios y a los dispositivos de atención general, se vuelve posible comprender a las personas dentro de sus contextos cotidianos, y no únicamente desde categorías diagnósticas aisladas.
Esto no significa negar la existencia de trastornos mentales ni rechazar los diagnósticos cuando son necesarios. Los diagnósticos pueden ser herramientas valiosas para comprender experiencias específicas y orientar tratamientos. El problema surge cuando la etiqueta reemplaza a la persona y cuando el diagnóstico termina ocultando las condiciones sociales que participan en la producción del sufrimiento.
La mirada transdiagnóstica invita a recuperar la complejidad.
Nos recuerda que muchas veces el estrés no es una falla individual, sino una respuesta adaptativa a condiciones de vida difíciles. Que la ansiedad puede estar relacionada con la incertidumbre estructural de nuestras sociedades. Que el agotamiento no siempre es un déficit personal, sino la consecuencia de sistemas que exigen más de lo que los cuerpos y las mentes pueden sostener.
Esta observación resulta especialmente relevante en el contexto contemporáneo. Vivimos en sociedades que promueven permanentemente ideales de rendimiento, autonomía y éxito individual. El sujeto contemporáneo es invitado a gestionar constantemente sus emociones, optimizar su desempeño, aumentar su productividad y responsabilizarse de manera individual por sus resultados. Cuando no logra alcanzar estos estándares, el sufrimiento suele ser interpretado como una falla personal más que como la expresión de tensiones sociales más amplias.
Desde una perspectiva crítica, diversos autores han señalado que los procesos de individualización característicos de las sociedades contemporáneas han contribuido a invisibilizar las dimensiones colectivas del malestar. La incertidumbre laboral, el endeudamiento, la fragilidad de los vínculos comunitarios y la creciente competitividad social constituyen experiencias compartidas por amplios sectores de la población. Sin embargo, frecuentemente son vividas como fracasos individuales.
La psicología transdiagnóstica ofrece una herramienta conceptual valiosa para cuestionar esta lógica. Al centrarse en procesos psicológicos comunes, permite observar cómo determinadas experiencias emocionales se encuentran vinculadas a condiciones estructurales que afectan simultáneamente a muchas personas. De este modo, el sufrimiento deja de ser interpretado únicamente como una característica individual y comienza a comprenderse como una experiencia situada dentro de contextos históricos y sociales específicos.
Existe algo profundamente esperanzador en esta transformación.
Si el sufrimiento no depende únicamente de características individuales, entonces también puede modificarse transformando vínculos, comunidades, condiciones laborales y formas de organización social.
Esta perspectiva abre la posibilidad de construir una salud mental menos centrada en corregir individuos y más orientada a comprender personas en relación con sus mundos.
Quizás una de las contribuciones más importantes de la psicología transdiagnóstica sea precisamente esa: devolvernos la capacidad de pensar el malestar humano como una experiencia situada, relacional y compartida.
Y con ello, recordarnos que muchas veces la solución no consiste solamente en adaptarnos mejor a las exigencias del mundo, sino también en preguntarnos críticamente qué tipo de mundo estamos construyendo y cuáles son las condiciones que permiten una vida verdaderamente habitable.
Desde esta mirada, la salud mental deja de ser exclusivamente un asunto clínico para transformarse también en una cuestión ética, social y política. Comprender el sufrimiento humano exige entonces mirar simultáneamente a la persona y al contexto, al síntoma y a las condiciones que lo producen, a la historia individual y a las estructuras sociales que la atraviesan. En ese cruce entre subjetividad y mundo social es donde la psicología transdiagnóstica encuentra una de sus mayores contribuciones para la comprensión contemporánea de la salud mental.
Discusión
Los antecedentes revisados permiten observar que la psicología transdiagnóstica constituye mucho más que una innovación técnica dentro de la práctica clínica. Su principal aporte radica en la posibilidad de replantear las formas mediante las cuales se comprende el sufrimiento humano, ampliando el foco desde el individuo hacia las condiciones sociales, culturales y relacionales que participan en su producción.
Esta transformación adquiere especial relevancia en el contexto contemporáneo. Diversas investigaciones muestran que el aumento de síntomas relacionados con ansiedad, estrés y agotamiento ocurre paralelamente a procesos de intensificación laboral, incertidumbre económica, debilitamiento de redes comunitarias y aumento de las exigencias de rendimiento individual.
El enfoque transdiagnóstico permite reconocer que muchas experiencias psicológicas comparten mecanismos comunes sin reducirlas a explicaciones exclusivamente individuales. Esta perspectiva favorece una comprensión más contextualizada de los síntomas y contribuye a disminuir procesos de patologización de experiencias que, en determinadas circunstancias, pueden constituir respuestas comprensibles frente a contextos adversos.
En el caso chileno, la consolidación de equipos de salud mental en atención primaria ofrece condiciones favorables para avanzar hacia modelos de intervención que integren simultáneamente dimensiones clínicas, comunitarias y sociales.
Conclusión
La creciente incorporación de enfoques transdiagnósticos en la atención primaria representa una transformación significativa en la manera de comprender la salud mental. Más que constituir únicamente una innovación técnica o metodológica, este paradigma propone un cambio profundo en la forma de interpretar el sufrimiento humano, desplazando la mirada desde la búsqueda exclusiva de diagnósticos individuales hacia la comprensión de los procesos psicológicos comunes y los contextos que les dan origen.
A lo largo de este análisis se ha evidenciado que muchas experiencias de malestar no pueden explicarse únicamente a partir de características personales o trastornos específicos. Factores como la precarización laboral, la incertidumbre económica, la desigualdad social, la sobrecarga de responsabilidades, el debilitamiento de las redes comunitarias y las exigencias de productividad permanente constituyen dimensiones fundamentales para comprender el aumento de problemas asociados al estrés, la ansiedad y la depresión en las sociedades contemporáneas.
En el contexto chileno, donde los indicadores de salud mental muestran una alta prevalencia de sufrimiento psicológico y donde persisten importantes desigualdades territoriales y sociales en el acceso a la atención, resulta especialmente pertinente avanzar hacia modelos que integren la dimensión clínica con los determinantes sociales de la salud.
Finalmente, esta perspectiva ofrece una oportunidad para construir prácticas de salud mental más humanas, contextualizadas y socialmente comprometidas. Al reconocer la interacción entre biología, subjetividad, vínculos y estructuras sociales, se abre la posibilidad de generar intervenciones que no solo busquen aliviar síntomas, sino también fortalecer las condiciones que permiten a las personas desarrollar vidas más dignas, saludables y significativas.
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